Nadie invitaba a nadie. Aurelio tampoco. No porque fuera tacaño, que no lo era, sino porque en esa mesa el dinero no existía como categoría.
“Las personas ricas compran tiempo, las personas pobres compran cosas, las personas ambiciosas compran habilidades y conocimientos, y las personas perezosas compran distracciones”.
El dinero es la sangre que mantiene vivo al organismo empresarial. Sin él, por mucho talento, creatividad o intenciones que tengamos, el destino es ineludible: el cierre.